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martes, 11 de mayo de 2010

¿Esclavos en el Valle de los Caídos?


Según versión actual propagada por los pseudo historiadores izquierdistas, fueron los “esclavos de Franco”... Para ejecutar la obra se adoptó el procedimiento de adjudicaciones parciales a diversas empresas, tales como Huarte, Molán, Banús, San Román, etc. siendo contratadas libremente las brigadas de obreros por las propias empresas constructoras. Además también se contrataron como obreros a algunos prisioneros, que lo solicitaron libremente, los cuales además de recibir su jornal igual al resto de los trabajadores, redimían penas derivadas de actuaciones penales durante la guerra: por cada día de trabajo redimían dos de su condena. En las inmediaciones de la obra se construyó un poblado para los trabajadores. Los presos participaron exclusivamente en la explanación de la carretera, nunca en la obra monumental que exigía, como es lógico, personal especializado.

Eran hombres que habían cometido delitos durante la guerra como participar en asesinatos en la retaguardia, robos, violencias denunciadas, probadas y juzgadas por los Tribunales. Algunos tenían incluso condenas a muerte que fueron conmutadas por Franco. Contra lo que se viene repitiendo por los revanchistas, mediante nauseabundos y vergonzosos libelos, de que la obra del Valle de los Caídos fue hecha con mano de obra forzada, esto se desmiente radicalmente. Pero en plan de hacer comparaciones, lo hicieron los aliados vencedores en la II Guerra Mundial con los nueve millones de prisioneros alemanes, a los cuales los utilizaron como forzados en Inglaterra, Francia y Canadá, actuando de esa forma contra los convenios de Ginebra.

Así pues, y según Miguel Jiménez Marrero, en su importante y documentado libro “Crónica de medio siglo. 1939-1961”, tomo II, deja constancia de que “en la construcción del Valle de los Caídos trabajaron, junto a los trabajadores contratados, determinado número de presos por diversas causas, que cobraban un salario idéntico al del resto del personal, sirviéndoles el tiempo trabajado, para acogerse a la reducción de penas por el trabajo, que daría por resultado, que en el transcurso de la construcción, y al finalizar ésta, fueron muchos los presos que consiguieron la libertad”.

El coste en vidas humanas de los hombres, que entregaron su trabajo a las varias empresas de muy diferente entidad a lo largo de casi veinte años, según el arquitecto Diego Méndez, no se produjeron más que cuatro accidentes mortales: “Parva, aunque dolorosa contribución a una empresa que requirió millares de brazos y millares de jornadas de dura brega”. Otras fuentes consultadas elevaron la cifra de muertos entre catorce y dieciocho. Merece la pena dejar constancia que durante la construcción de la Cruz no se registró ni un solo accidente.

Cuenta Daniel Sueiro en su libro “La verdadera historia del Valle de los Caídos”, que los barreneros ganaban trescientas cuarenta y cinco pesetas a la semana. La mitad de lo cobrado iba destinado a las familias. Poseían vivienda en el poblado. Hacia 1950 los presos fueron sustituidos por obreros libremente contratados para terminar las obras. Algunos se quedaron allí, como tales obreros.

Cuando visitaba el Generalísimo las obras, los trabajadores recibían una gratificación.

Autor: Eduardo Palomar Baró.

sábado, 10 de octubre de 2009

Katyn, la película


He encontrado este interesantísimo artículo de Javier Paredes publicado en la web Infocatólica, sobre la película Katin. Lo traigo aquí como complemento de la entrada "Paracuellos y Katyn" que hice en agosto.

Ayer estuve en el estreno de la película de Katin. Fue tal la concurrencia del público que hubo que habilitar dos salas para que pudiéramos verla todos. Animo a verla y sugiero a los profesores de Historia de colegios e institutos que la vean y comenten con sus alumnos, porque si una imagen vale más que mil palabras, ver Katin puede equivaler a leer toda una colección de libros sobre el comunismo.

El drama y el ritmo de la película están perfectamente equilibrados para contar lo que fue la masacre y la losa de silencio y de mentira que sepultó aquellos acontecimientos. Los comunistas no podían tolerar dos cosas a los polacos: ni su patriotismo ni su catolicismo, y eso el director lo cuenta admirablemente. En una de las escenas los soldados del ejército soviético quitan una bandera polaca y la cortan por la mitad, separando la banda blanca de la roja, y vuelven a colocar en su sitio la bandera solo con la banda roja; en otras escenas se ve a los militares polacos con el rosario en las manos o confesándose. Vamos, que no es una película aconfesional y, cuando salimos de la sala, ya se ocupó de recordármelo un personaje, criticando la fotografía de la película y no se que otro detalle técnico. Ojalá me equivoque, pero mucho me temo que el sistema imperante en España va a seguir sepultando en el silencio lo ocurrido en Katin.

Allí me encontré también con esa gran persona y buen historiador que es José Luis Orella, amante de Polonia no podía faltar a la cita. Me presentó a un miembro de la embajada polaca, que se preguntaba en voz alta por el largo silencio sobre Katin. No pude menos de responderle:

- Yo le puedo contar lo de España. Mire usted, comencé a estudiar Historia en la Universidad Autónoma de Madrid en 1969, vivía entonces el general Franco. Pues el 80 % de mis profesores eran marxistas y nos enseñaban la misma ideología que tenían los verdugos que en Katin apretaron los gatillos contra las nucas de los oficiales polacos. No conozco a ninguno de ellos que haya pedido perdón por pervertir las mentes de los universitarios durante la década de las sesenta. Al día de hoy, muchos siguen predicando el materialismo histórico que sostiene que el motor de la historia no es la libertad sino la economía. Pues bien, unos lo camuflan de laicismos desde los púlpitos de la izquierda, y otros lo disfrazan de aconfesionalismo desde la tribunas de la derecha, perdón quise decir desde las tribunas centrorreformistas.

lunes, 14 de septiembre de 2009

Pío XII a los españoles: "Dios se ha dignado coronar el heroísmo cristiano de vuestra fe y caridad"


Hoy, decir que uno se alegra de que ganara quien ganó en la Guerra Civil, es políticamente incorrecto. Mientras el socialismo desbordante sigue con su hipócrita proselitismo, los católicos esconden la cabeza o miran para abajo avergonzados.

Simplemente para que sirva de recuerdo, más bien de auténtica memoria histórica, traigo aquí el mensaje que Su Santidad Pío XII envió a los españoles con motivo de la Victoria sobre el comunismo:



"Con inmenso gozo Nos dirigimos a vosotros, hijos queridísimos de la católica España, para expresaros nuestra paternal congratulación por el don de la paz y de la victoria con que Dios se ha dignado coronar el heroísmo cristiano de vuestra fe y caridad, probadas en tantos y tan generosos sufrimientos.
Anhelante y confiado esperaba nuestro predecesor, de santa memoria, esta paz providencial, fruto, sin duda, de aquella fecunda bendición que, en los albores mismos de la contienda, enviaba “a cuantos se habían propuesto la difícil y peligrosa tarea de defender y restaurar los derechos y el honor de Dios y de la religión”. Y Nos no dudamos de que esta paz ha de ser la misma que Él mismo entonces auguraba, “anuncio de un porvenir de tranquilidad en el orden y de honor en la prosperidad”.

Los designios de la Providencia, amadísimos hijos, se han vuelto a manifestar, una vez más, sobre la heroica España. La nación elegida por Dios como principal instrumento de evangelización del nuevo mundo y como baluarte inexpugnable de la fe católica, acaba de dar a los prosélitos del ateísmo materialista de nuestro siglo la prueba más excelsa de que por encima de todo están los valores eternos de la religión y del espíritu.

La propaganda tenaz y los esfuerzos constantes de los enemigos de Jesucristo parece que han querido hacer de España un experimento supremo de las fuerzas disolventes que tienen a su disposición repartidas por todo el mundo. Y aunque es verdad que el Omnipotente no ha permitido, por ahora, que lograran su intento, pero ha tolerado al menos algunos de sus terribles efectos, para que el mundo viera cómo la persecución religiosa, minando las bases mismas de la justicia y de la caridad, que son el amor de Dios y el respeto a su santa ley, puede arrastrar a la sociedad moderna a los abismos no sospechados de inicua destrucción y apasionada discordia.

Persuadido de esta verdad, el sano pueblo español, con las dos notas características de su nobilísimo espíritu, que son la generosidad y la franqueza, se alzó en defensa de los ideales de fe y civilización cristianas, profundamente arraigados en el suelo fecundo de España, y ayudado de Dios, “que no abandona a los que esperan de Él”, supo resistir el empuje de los que, engañados con los que creían un ideal humanitario de exaltación del humilde, en realidad no luchaban sino en provecho del ateísmo.

Este primordial significado de vuestra victoria Nos hace concebir las más halagüeñas esperanzas de que Dios, en su misericordia, se dignará conducir a España pro el seguro camino de su tradicional y católica grandeza, la cual ha de ser el norte que oriente a todos los españoles amantes de su religión y de su Patria en el esfuerzo de organizar la vida de la nación en perfecta consonancia con su nobilísima historia de fe, piedad y civilización católica.

Por esto exhortamos a los gobernantes y a los pastores de la católica España que iluminen la mente de los engañados mostrándoles con amor las raíces del materialismo y del laicismo, de donde han procedido sus errores y desdichas y de donde podrían retoñar nuevamente.

Proponedles los principios de justicia individual y social, sin los cuales la paz y prosperidad de las naciones, por poderosas que sean, no pueden subsistir. Y son los que se contienen en el Santo Evangelio y en la doctrina de la Iglesia.

No dudamos que así habrá de ser, y la garantía de nuestra firme esperanza son los nobilísimos y cristianos sentimientos de que han dado pruebas inequívocas el Jefe del Estado y tantos caballeros, sus fieles colaboradores, con la legal protección que han dispensado a los supremos intereses religiosos y sociales, conforme a las enseñanzas de la Sede Apostólica. La misma esperanza se funda, además, en el celo iluminado y abnegación de vuestros Obispos y sacerdotes, acrisolados por el dolor, y también en la fe, piedad y espíritu de sacrificio de que en horas terribles han dado heroica prueba las clases todas de la sociedad española.

Y ahora, ante el recuerdo de las ruinas acumuladas en la guerra civil más sangrienta que recuerda la historia de los tiempos modernos, Nos, con piadoso impulso, inclinamos, ante todo, nuestra frente a la santa memoria de los Obispos, sacerdotes, religiosos de uno y otro sexo y fieles de todas edades y condiciones que, en tan elevado número, han sellado con sangre su fe en Jesucristo y su amor a la religión católica. Maiorem hac dilectionem nemo habet. No hay mayor prueba de amor.

Reconocemos también nuestro deber de gratitud hacia todos aquellos que han sabido sacrificarse hasta el heroísmo en defensa de los derechos inalienables de Dios y de la religión, ya sea en los campos de batalla, ya también consagrados a los sublimes oficios de caridad cristiana en cárceles y hospitales…

¡Ea, pues, queridísimos hijos! Ya que el arco iris de la paz ha vuelto a resplandecer en el cielo de España, unámonos todos de corazón en un himno ferviente de acción de gracias al Dios de la paz y en una plegaria de perdón y misericordia para todos los que murieron, y a fin de que esta paz sea fecunda y duradera, con todo el fervor de nuestro corazón os exhortamos a “mantener la unión del espíritu en el vínculo de la paz”. Así, unidos y obedientes a vuestro venerable Episcopado, dedicaos con gozo y sin demora a la obra urgente de reconstrucción que Dios y la Patria esperan de vosotros.

En prenda de las copiosas gracias que os obtendrán la Virgen Inmaculada y el Apóstol Santiago, Patronos de España, y de todas las que os merecieron los grandes santos españoles, hacemos descender sobre vosotros, nuestros queridos hijos de la católica España, sobre el Jefe del Estado y su ilustre Gobierno, sobre el celante Episcopado y su abnegado clero, sobre los heroicos combatientes y sobre todos los fieles, nuestra bendición apostólica."

16 de Abril de 1939