lunes, 15 de marzo de 2010

Aborto libre y progresismo por Miguel Delibes

En estos días en que tan frecuentes son las manifestaciones en favor del aborto libre, me ha llamado la atención un grito que, como una exigencia natural, coreaban las manifestantes: «Nosotras parimos, nosotras decidimos». En principio, la reclamación parece incontestable y así lo sería si lo parido fuese algo inanimado, algo que el día de mañana no pudiese, a su vez, objetar dicha exigencia, esto es, parte interesada, hoy muda, de tan importante decisión. La defensa de la vida suele basarse en todas partes en razones éticas, generalmente de moral religiosa, y lo que se discute en principio es si el feto es o no es un ser portador de derechos y deberes desde el instante de la concepción. Yo creo que esto puede llevarnos a argumentaciones bizantinas a favor y en contra, pero una cosa está clara: el óvulo fecundado es algo vivo, un proyecto de ser, con un código genético propio que con toda probabilidad llegará a serlo del todo si los que ya disponemos de razón no truncamos artificialmente el proceso de viabilidad.

De aquí se deduce que el aborto no es matar (parece muy fuerte eso de calificar al abortista de asesino), sino interrumpir vida; no es lo mismo suprimir a una persona hecha y derecha que impedir que un embrión consume su desarrollo por las razones que sea. Lo importante en este dilema es que el feto aún carece de voz, pero, como proyecto de persona que es, parece natural que alguien tome su defensa, puesto que es la parte débil del litigio.
La socióloga americana Priscilla Conn, en un interesante ensayo, considera el aborto como un conflicto entre dos valores: santidad y libertad, pero tal vez no sea éste el punto de partida adecuado para plantear el problema. El término santidad parece incluir un componente religioso en la cuestión, pero desde el momento en que no se legisla únicamente para creyentes, convendría buscar otros argumentos ajenos a la noción de pecado. En lo concerniente a la libertad, habrá que preguntarse en qué momento hay que reconocer al feto tal derecho y resolver entonces en nombre de qué libertad se le puede negar a un embrión la libertad de nacer. Las partidarias del aborto sin limitaciones piden en todo el mundo libertad para su cuerpo. Eso está muy bien y es de razón siempre que en su uso no haya perjuicio de tercero. Esa misma libertad es la que podría exigir el embrión si dispusiera de voz, aunque en un plano más modesto: la libertad de tener un cuerpo para poder disponer mañana de él con la misma libertad que hoy reclaman sus presuntas y reacias madres. Seguramente el derecho a tener un cuerpo debería ser el que encabezara el más elemental código de derechos humanos, en el que también se incluiría el derecho a disponer de él, pero, naturalmente, subordinándole al otro.

Y el caso es que el abortismo ha venido a incluirse entre los postulados de la moderna «progresía». En nuestro tiempo es casi inconcebible un progresista antiabortista. Para éstos, todo aquel que se opone al aborto libre es un retrógrado, posición que, como suele decirse, deja a mucha gente, socialmente avanzada, con el culo al aire. Antaño, el progresismo respondía a un esquema muy simple: apoyar al débil, pacifismo y no violencia. Años después, el progresista añadió a este credo la defensa de la Naturaleza. Para el progresista, el débil era el obrero frente al patrono, el niño frente al adulto, el negro frente al blanco. Había que tomar partido por ellos. Para el progresista eran recusables la guerra, la energía nuclear, la pena de muerte, cualquier forma de violencia.

En consecuencia, había que oponerse a la carrera de armamentos, a la bomba atómica y al patíbulo. El ideario progresista estaba claro y resultaba bastante sugestivo seguirlo. La vida era lo primero, lo que procedía era procurar mejorar su calidad para los desheredados e indefensos. Había, pues, tarea por delante. Pero surgió el problema del aborto, del aborto en cadena, libre, y con él la polémica sobre si el feto era o no persona, y, ante él, el progresismo vaciló. El embrión era vida, sí, pero no persona, mientras que la presunta madre lo era ya y con capacidad de decisión. No se pensó que la vida del feto estaba más desprotegida que la del obrero o la del negro, quizá porque el embrión carecía de voz y voto y políticamente era irrelevante. Entonces se empezó a ceder en unos principios que parecían inmutables: la protección del débil y la no violencia. Contra el embrión, una vida desamparada e inerme, podría atentarse impunemente. Nada importaba su debilidad si su eliminación se efectuaba mediante una violencia indolora, científica y esterilizada. Los demás fetos callarían, no podían hacer manifestaciones callejeras, no podían protestar, eran aún más débiles que los más débiles cuyos derechos protegía el progresismo; nadie podría recurrir. Y ante un fenómeno semejante, algunos progresistas se dijeron: Esto va contra mi ideología. Si el progresismo no es defender la vida, la más pequeña y menesterosa, contra la agresión social, y precisamente en la era de los anticonceptivos, ¿qué pinto yo aquí? Porque para estos progresistas que aún defienden a los indefensos y rechazan cualquier forma de violencia, esto es, siguen acatando los viejos principios, la náusea se produce igualmente ante una explosión atómica, una cámara de gas o un quirófano esterilizado.

viernes, 26 de febrero de 2010

Más vale tarde que nunca


Con motivo de la aprobación de la Ley del Aborto, el concejal del PSOE y segundo teniente de alcalde de Paradas (Sevilla), Joaquín Manuel Montero, se ha dado de baja del partido socialista en carta dirigida a José Luis Rodríguez y a Pajín, por ser “consecuente” con sus creencias.

Joaquín Manuel quizá no sepa que en España se aborta desde que su partido se empeñó en 1985. Pero en fin, más vale tarde que nunca.

jueves, 4 de febrero de 2010

Pena de muerte


Por mucho que nosotros los periodistas nos esforcemos en hacer creer lo contrario, a menudo los periódicos, por su propio deseo, no representan del todo a la opinión pública.

El problema de la pena de muerte es uno de esos casos en los que la escisión entre los ciudadanos y los medios de comunicación parece más profunda. Estos últimos, casi sin excepción, rechazan indignados la simple posibilidad de debatir una cuestión que consideran tan anacrónica e incívica que no merece la menor atención.

En los periódicos donde he tenido ocasión de trabajar, he visto tirar a la papelera con repugnancia las numerosas cartas que envían los lectores sobre ese tema. Sin embargo, todos los sondeos muestran que si se sometiera a referéndum popular, el resultado se decantaría sin la menor duda por la reimplantación del pelotón de ejecución o del verdugo, al menos para los crímenes especialmente execrables.

El informe anual de Amnistía Internacional nos ofrece una prueba concreta de ello al señalar que la pena de muerte está incluida en el derecho penal de 99 Estados (el 80 % de las ejecuciones tienen lugar en países que manifiestan la pretensión de servir de modelo, como Estados Unidos, la Unión Soviética o China), sin que importantes movimientos de opinión reclamen su abolición. En los casi treinta estados de la Unión norteamericana en los que se ha mantenido la pena capital, la voluntad popular se ha opuesto a todas las iniciativas llevadas a cabo para eliminarla. Es más, en algunas ocasiones han sido los propios ciudadanos quienes han impuesto su restauración.

Hay un tipo de corifeos de la democracia, periodistas y políticos en primera línea, bien conocidos por lo selectivo de su criterio: para ellos, la mayoría de las opiniones y de los votos son «una noble manifestación de la voluntad popular» cuando coincide con su propia orientación, pero resultan «una despreciable vomitera reaccionaria» cuando su expresión contraría sus prejuicios y planteamientos.

El hecho es que, desde la más remota antigüedad hasta que algún intelectual de la Europa occidental del siglo XVIII empezó a manifestar sus dudas, la pena de muerte se admitía pacíficamente en todas las culturas de todas las sociedades del mundo.

Es falso que aquel curioso personaje llamado Cesare Beccaria pidiera su abolición. En el capítulo veintiocho de De los delitos y sus penas se dice: «La muerte de un ciudadano sólo puede considerarse necesaria en dos casos...» Principalmente, Beccaria rechaza la tortura y luego lo que denomina pena de muerte «fácil», tal como se aplicaba en su época, pero no la excluye de modo categórico ni la declara ilícita, hasta el punto de juzgarla «necesaria» en algunos casos. Por otro lado, la alternativa que propone Beccaria con el fin de suscitar mayor espanto, tal como él mismo especifica, es «la esclavitud perpetua». Algo que no parece un beneficio ni para la sociedad ni para el reo.

También es falso que mantener la pena capital sea «de derechas» y su abolición «de izquierdas». Entre las ignoradas paradojas de nuestras reconfortantes ideas fijas se cuenta que Luis XVI abolió dicha pena pocos años antes de la Revolución francesa. Ésta volvió a implantarla por iniciativa de la «izquierda» jacobina, haciendo tal uso de la misma que, por una vez justificadamente, el imaginario popular ha hecho de las palabras guillotina y revolución un todo inseparable.

Aquellos «progresistas» rogaron sin ambages al doctor Guillotin que perfeccionara su máquina para pasar de la fase artesanal a la industrial. Así nos ha llegado el escalofriante prototipo de un instrumento capaz de cortar sesenta cabezas al mismo tiempo.

Además, para mayor turbación de los filotercermundistas occidentales, para quienes la barbarie únicamente tiene origen en el hombre blanco, tan pronto como alcanzaron la independencia, la práctica totalidad de las ex colonias africanas y asiáticas se apresuraron a reintroducir la pena de muerte -a veces con sistemas «tradicionales» del lugar, como el empalamiento, la horca, la inmersión en agua hirviente, el estrangulamiento lento, etc.- incluso en aquellos lugares donde los europeos la habían abolido siguiendo el derecho penal de la madre patria. Además, ¿acaso no se contaban entre sus practicantes más fervientes todos los países del «socialismo real», los del marxismo en el poder, fueran éstos del primer, segundo o tercer mundo? Y no se está hablando de los lejanos tiempos del estalinismo: en los primeros cinco años de la perestroika de Gorbachov los tribunales soviéticos mandaron a la horca o al patíbulo a más de dos mil acusados por delitos comunes.

Al margen de lo que ocurra en la legislación civil, el problema resulta más delicado para un creyente cuando se plantea desde una perspectiva religiosa. La Iglesia católica (con el consenso, por otro lado, de las ortodoxas y protestantes y exceptuando a algunas pequeñas sectas heréticas de los propios reformados) nunca ha negado que la autoridad legítima posea el poder de infligir la muerte como castigo. La propuesta de Inocencio III, confirmada por el Cuarto Concilio de Letrán de 1215, según la cual la autoridad civil «puede infligir sin pecado la pena de muerte, siempre que actúe motivada por la justicia y no por el odio y proceda a ella con prudencia y no indiscriminadamente» es materia de fide. Esta declaración dogmática confirma toda la tradición católica anterior y sintetiza la posterior. De hecho, hasta ahora no ha sido modificada por ninguna otra sentencia solemne del Magisterio.

Si la Iglesia siempre ha sido contraria a llevar directamente a alguien a la muerte, no es el caso del Estado pontificio, como institución política, donde era bien conocido el significado de entregar a los herejes obstinados al «brazo secular». Por otro lado, las Iglesias surgidas de la Reforma todavía tenían menos miramientos y habitualmente procedían a llevar a cabo directamente sus propias sentencias de muerte sin confiar al reo a la autoridad civil para su ejecución. Es más, así como para la Iglesia católica el verdugo era un mal necesario, en la jerarquía de la opresiva «Ciudad Cristiana» que Calvino instauró en Ginebra, el verdugo era un personaje de rango, un notable respetado que recibía el título de «Ministro del Santo Evangelio». No le faltaba trabajo: durante los cuatro años que van de 1542 a 1546 Calvino condenó a muerte a cuarenta personas sólo por razones de fe.

Actualmente la situación ha cambiado, como ya sabemos. Pese a que no se ha modificado nada en el plano dogmático, no sólo teólogos sino conferencias episcopales al completo han ido más lejos hasta definir cualquier tipo de pena capital como «contraria al espíritu cristiano» o «en desacuerdo con el Evangelio». Como de costumbre, hay creyentes que se destacan por su celo, superando la mencionada polémica laicista lanzándose contra una presunta «barbarie oscurantista» e «infidelidad a Cristo» de raíz bimilenaria, protagonizada por una Iglesia que no había declarado ilícito el suplicio que cualquier Estado podía infligir a sus reos.

Ésta es una de las situaciones privilegiadas para la «estrategia del remordimiento» de la que ya habíamos hablado, impulsada por una propaganda anticristiana que cuenta con el apoyo entusiasta de muchos católicos «adultos e informados». En realidad, la cuestión es realmente grave porque si cualquier ejecución es un delito, un homicidio legalizado abusivamente (como ahora declaran numerosos teólogos y también obispados), la Iglesia ha sido cómplice de ellos durante muchos siglos. Entonces, aquellos que se dedicaban a reconfortar a los condenados, como san Cafasso, sólo eran hipócritas defensores de una violencia ilícita. No es suficiente, ya que también el Antiguo y el Nuevo Testamento, que recomiendan o no prohíben la pena de muerte, se han visto arrastrados al banquillo de los acusados. Si en este punto realmente nos hemos equivocado, las consecuencias para la fe son ruinosas, implicando a la autoridad de la Iglesia y de las mismas Escrituras. Habrá que buscar las causas.

Vittorio Messori

sábado, 23 de enero de 2010

Señora ministra, no nos llame "compañeros"


Con cierta frecuencia, escucho a la Ministra de Defensa llamarnos “compañeros” a los miembros de las Fuerzas Armadas.

Señora Ministra: la virtud del compañerismo en los Ejércitos posee un cimiento espiritual, marcado de modo indeleble en nuestros espíritus en una emotiva ceremonia, celebrada al inicio de nuestro servicio a la Patria. Me refiero al acto del Juramento ante la Bandera de España, que incluso nos obliga a los que lo hemos prestado a ofrecer nuestras vidas en defensa de las de nuestros compañeros y conciudadanos. A partir de ese momento, los lazos de unión entre los que abrazamos la Carrera de las Armas pasan a tener una fuerte componente espiritual, sin que por ello pretendamos arrogarnos la exclusiva posesión de esta virtud, el compañerismo, que evidentemente también se da en otros colectivos ciudadanos.

Cada vez que la oigo usar el citado calificativo, me pregunto si usted ya ha besado los pliegues de nuestra Bandera como refrendo de su Juramento, o Promesa, lo mismo que hemos hecho todos los militares. Como supongo que la respuesta es negativa, hasta tanto no se produzca ese solemne compromiso, le ruego señora Ministra que no nos llame “compañeros”.

Alfredo Ezquerro Solana

Ex Comandante Militar de Zaragoza

martes, 5 de enero de 2010

¿Un referendum sobre el aborto?


Una reflexión interesante sobre un posible referendum en torno al aborto. Al igual que su autor, Alejandro, creador del blog "Siempre igual", opino que hay cuestiones que no deben someterse al criterio de la mayoría, sencillamente porque no son opinables. La ley que propone el gobierno es nauseabunda, pero también lo es la ley que durante años ha promovido y defiende ahora el partido popular. El aborto jamás es aceptable. He aquí la reflexión:

La asociación "Derecho a vivir" está celebrando estos días diversos actos con el fin de pedir un referendum sobre el aborto en España. Lo cual, bajo mi modesta opinión, es un error. ¿A alguien se le ocurriría pedir un referendum sobre la mal llamada violencia de género? ¿O sobre el asesinato a los vecinos que ponen la televisión demasiado alta? ¿Qué pasaría si en ese hipotético referendum los españoles votaran que sí quieren aborto? ¿Estaría con ello legitimado?

No dudo de la buena intención de "Derecho a vivir", y probablemente piensan que los españoles dirían que no al asesinato de miles de inocentes en el vientre de su madre. Pero creo que hay cosas que no deben someterse al criterio de la mayoría. El aborto es un crimen, y siempre lo será, piense lo que piense la mayoría. Por tanto, no creo que sea legítimo someter algo así a consulta popular.

Lo que hay que exigir es la derogación de cualquier ley del aborto. No ya de la actual, sino de cualquiera, incluídos los tres supuestos que hasta ahora despenalizaban esta barbaridad. A nadie se le ocurriría despenalizar el asesinato en ningún supuesto. ¿Por qué entonces despenalizar el aborto? ¿Qué diferencia hay? ¿El tamaño de la víctima? ¿El silencio con el que se lleva a cabo? E igual que no se somete a consulta popular el asesinato o la violación, nunca debería someterse tampoco el aborto. Lo que está mal, está mal, con independencia de quien lo piense.

lunes, 28 de diciembre de 2009

Campaña Santos Inocentes


Hace varios días, en el blog eligelavida oi hablar de la campaña propuesta por la web infocatólica para que, en este día, se publiquen esquelas por los niños víctimas del aborto. El blog eligelavida proponía además que todos los blogueros nos unamos a esta campaña, publicando también una esquela por los inocentes, los más desvalidos, aquellos que, estando en el vientre de sus madres, el lugar que debiera ser el más seguro del mundo para ellos, se ven expuestos a la tortura y la muerte. Por ello, hoy subo esta esquela a mi blog. Para recordar, en este día de los Santos Inocentes, a los mártires del siglo XXI.

martes, 8 de diciembre de 2009

Niña de Dios



Por
Miguel de Cervantes Sahavedra

En Los Trabajos de Persiles y Sigismunda, L III



Niña de Dios, por nuestro bien nacida;

tierna, pero tan fuerte que la frente,

en soberbia maldad endurecida,

quebrantasteis de la infernal serpiente.

Brinco de Dios, de nuestra muerte vida,

pues vos fuistes el medio conveniente,

que redujo a pacífica concordia

de Dios y el hombre la mortal discordia.



La justicia y la paz hoy se han juntado

en vos, Virgen santísima, y con gusto

el dulce beso de la paz se han dado,

arra y señal del venidero Augusto.

Del claro amanecer, del sol sagrado,

sois la primera aurora; sois del justo

gloria; del pecador, firme esperanza;

de la borrasca antigua, la bonanza.



Sois la paloma que al eterno fuistes

llamada desde el cielo, sois la esposa

que al sacro Verbo limpia carne distes,

por quien de Adán la culpa fue dichosa;

sois el brazo de Dios, que detuvistes

de Abrahán la cuchilla rigurosa,

y para el sacrificio verdadero

nos distes el mansísimo Cordero.



Creced, hermosa planta, y dad el fruto

presto en sazón, por quien el alma espera

cambiar en ropa rozagante el luto

que la gran culpa le vistió primera.

De aquel inmenso y general tributo

la paga conveniente y verdadera

en vos se ha de fraguar: creed, Señora,

que sois universal remediadora.



Ya en las empíreas sacrosantas salas

el paraninfo alígero se apresta,

o casi mueve las doradas alas,

para venir con la embajada honesta:

que el olor de virtud que de ti exhalas,

Virgen bendita, sirve de recuesta

y apremio, a que se vea en ti muy presto

del gran poder de Dios echado el resto.

jueves, 3 de diciembre de 2009

¿La Verdad o "su verdad"?


He visto este montaje fotográfico en “eligelavida” y lo traigo porque me ha gustado especialmente. Se me antoja muy ilustrativo de lo que es este político. Un hombre que va por la vida de bueno, justo y amante de la libertad, pero que tiene las manos manchadas de sangre, como tantos otros.

Bono insiste en que es socialista a pesar de que se parece más a cualquier protagonista de la derecha burguesa. Su discurso es muy parecido al de Cospedal. Soy católica, repite ella con sorprendente insistencia, para después defender el mal menor del aborto. Exactamente lo mismo que Bono, que se crea una religión a su medida y se atreve a parafrasear nada menos que a Jesucristo, cambiando la frase y perdonando con la pachorra de quien se cree en posesión, no de la verdad, sino de “su gran verdad”, que no es lo mismo.



miércoles, 18 de noviembre de 2009

Pecadores Públicos y Excomulgados


No hay duda de que el Código Canónico, la Doctrina y el Magisterio han diferenciado entre quién, por razón del aborto, incurre en causa de excomunión y quién se encuentra en pecado mortal, y en consecuencia entre quién queda fuera de la iglesia y quién por su actitud se priva de poder recibir la Comunión.

La diferencia está en el grado de participación. Por un lado tenemos a quienes participan directamente en la práctica del aborto: son los que colaboran material (físicamente colaboran en la muerte del no nacido: médicos, clínicas, personal sanitario, la propia madre) y/o intelectualmente (induciendo o confundiendo el consentimiento: psicólogos, asistentes, incluso algunos autores hablan de los que “actúan” por omisión). Por otro a quienes participan indirectamente apoyándolo o sosteniéndolo con sus aptitudes. A este último grupo pertenecen quienes están dispuestos a votar a favor de una ley abortista; pero también aquellos que no cambian, pudiendo hacerlo o haberlo hecho, leyes como la vigente en España. A los primeros, a quienes participan directamente, les corresponde la pena de excomunión, mientras que los segundos, en su calidad de pecadores, se automarginan, en virtud de la libertad que Dios nos ha dado, de la Comunión.

El problema es cuando la actitud del pecador, que no del excomulgado, es pública y notoria. En estos casos cuál debe ser la reacción de la Iglesia, del sacerdote oficiante para evitar el escándalo. En punidad, como ha sucedido en otros países, a todos aquellos que con su voto apoyaran leyes abortistas, y si este apoyo fuera conocido, el sacerdote conocedor de ese posicionamiento, por Cristo, por él mismo, en beneficio de la comunidad católica y para evitar escándalo, deberá negarles la comunión. Esto puede resultar chocante, duro, radical, pero es lo que toca. Se puede decir más alto, pero no más claro. Se debe hacer sin humillación ni escarnio, con la mayor caridad cristiana, pero se debe hacer.

Es obvio que los sacerdotes no pueden preguntar a cada uno que se acerca a recibir al Señor cuál es su posicionamiento en esta materia. Ahora bien, si el que se acerca es reconocido por su posicionamiento público a favor del aborto y no se ha retractado en la misma forma, a mi entender y sin ánimo de querer criminalizar a nadie o imputar responsabilidades, el sacerdote, pese a lo incómodo, comprometido y violento de la situación, debería negarle la comunión. ¡Qué gran bien haría ese sacerdote, qué gran labor para Dios, cuántas vidas podría salvar esa actitud valiente y comprometida del sacerdote, cuántas conciencias se removerían!

Pero la Doctrina y el Magisterio no sólo se refieren, no sólo afectan, a quien apoye con su voto el aborto, o esté dispuesto a mantener leyes abortistas en vigor, sino también a quien lo financie o lo promocione, o lo que es peor, a quien no esté dispuesto a su abolición, si en sus manos estuviera tal posibilidad de hacerlo. Es por ello que la pregunta que nos asalta es: ¿cómo debería actuar el sacerdote a la hora de darles la Comunión ante aquellos políticos que, siendo conocida su actitud pública, firman conciertos con las clínicas abortistas, que distribuyen gratuitamente la píldora del día después, incluso a menores sin el consentimiento paterno, o que, cual fariseos, se azotan públicamente por la nueva ley, pero aceptan y se comprometen a mantener la actual? ¿Debería darle la Comunión o pedirle primero su reconciliación con Dios mediante el Sacramento de la Confesión? La respuesta no debiera dejar lugar a dudas, pero parece que a estas alturas sí existen y muchas.

Yo sé que la pregunta no es cómoda, que no es fácil de contestar. Es una pregunta de respuesta comprometida que quizás ponga en evidencia a muchos sacerdotes. Sin embargo yo me considero con derecho a obtener una respuesta clara de mis pastores. Entre otras razones porque, a la vista de los acontecimientos, mis hijos me demandan una contestación. La pregunta está en la calle: ¿Puede un político, que se autodenomina católico y que públicamente apoya la actual ley del aborto y se compromete a mantenerla, recibir el Sagrado Cuerpo de Cristo? ¿Puede un político, que con su voto apoye la nueva ley del aborto, recibir el Sagrado Cuerpo de Cristo? ¿Cuál es la diferencia entre ambos? ¿Qué les haría merecedores a unos o a otros de tan alto privilegio? No lo olvidemos, a quien provoca escándalo más le valdría colgarse una piedra de molino al cuello y arrojarse al mar.

Por último, no me vengan con preguntas espurias tipo: ¿Quién es usted para opinar? ¿Cómo se puede usted entrar en la conciencia de otro? Pues bien, lo hago porque amo mi Credo y no consiento el escándalo que puede minarlo; porque quiero que todo ser concebido nazca; porque lucho por una legislación acorde al orden natural y la moral objetiva y porque sólo con un pronunciamiento claro y riguroso, las conciencias de muchos se activarían y podríamos salvar la vida de muchos inocentes. Si esa actitud valiente, gallarda e incómoda, de un sacerdote cualquiera sirviera para que determinados políticos suspendieran sus conciertos con las clínicas abortistas o dejaran de distribuir la píldora del día después, aunque solo consiguiera salvar la vida de un único inocente, Bendito sea ese sacerdote.

Un artículo de Rafael López-Diéguez

sábado, 17 de octubre de 2009

sábado, 10 de octubre de 2009

Katyn, la película


He encontrado este interesantísimo artículo de Javier Paredes publicado en la web Infocatólica, sobre la película Katin. Lo traigo aquí como complemento de la entrada "Paracuellos y Katyn" que hice en agosto.

Ayer estuve en el estreno de la película de Katin. Fue tal la concurrencia del público que hubo que habilitar dos salas para que pudiéramos verla todos. Animo a verla y sugiero a los profesores de Historia de colegios e institutos que la vean y comenten con sus alumnos, porque si una imagen vale más que mil palabras, ver Katin puede equivaler a leer toda una colección de libros sobre el comunismo.

El drama y el ritmo de la película están perfectamente equilibrados para contar lo que fue la masacre y la losa de silencio y de mentira que sepultó aquellos acontecimientos. Los comunistas no podían tolerar dos cosas a los polacos: ni su patriotismo ni su catolicismo, y eso el director lo cuenta admirablemente. En una de las escenas los soldados del ejército soviético quitan una bandera polaca y la cortan por la mitad, separando la banda blanca de la roja, y vuelven a colocar en su sitio la bandera solo con la banda roja; en otras escenas se ve a los militares polacos con el rosario en las manos o confesándose. Vamos, que no es una película aconfesional y, cuando salimos de la sala, ya se ocupó de recordármelo un personaje, criticando la fotografía de la película y no se que otro detalle técnico. Ojalá me equivoque, pero mucho me temo que el sistema imperante en España va a seguir sepultando en el silencio lo ocurrido en Katin.

Allí me encontré también con esa gran persona y buen historiador que es José Luis Orella, amante de Polonia no podía faltar a la cita. Me presentó a un miembro de la embajada polaca, que se preguntaba en voz alta por el largo silencio sobre Katin. No pude menos de responderle:

- Yo le puedo contar lo de España. Mire usted, comencé a estudiar Historia en la Universidad Autónoma de Madrid en 1969, vivía entonces el general Franco. Pues el 80 % de mis profesores eran marxistas y nos enseñaban la misma ideología que tenían los verdugos que en Katin apretaron los gatillos contra las nucas de los oficiales polacos. No conozco a ninguno de ellos que haya pedido perdón por pervertir las mentes de los universitarios durante la década de las sesenta. Al día de hoy, muchos siguen predicando el materialismo histórico que sostiene que el motor de la historia no es la libertad sino la economía. Pues bien, unos lo camuflan de laicismos desde los púlpitos de la izquierda, y otros lo disfrazan de aconfesionalismo desde la tribunas de la derecha, perdón quise decir desde las tribunas centrorreformistas.

viernes, 2 de octubre de 2009

Para el PP el debate del aborto está zanjado


Ayer en el blog de eligelavida se hizo especial hincapié en la hipocresía del PP que lleva años siendo el partido más votado por los católicos españoles, para acabar siendo un partido inmoral y abortista. La desilusión de sus votantes es patente. Un día dicen defender la vida, y otro defienden el aborto. Hoy dicen que irán a la manifestación del 17 de octubre, y, al mismo tiempo, dan por zanjado el debate del aborto, entendiendo que España ya decidió hace muchos años y que la ley de despenalización del aborto es válida y debe dejarse como está. Mientras gobernaron, no hicieron nada por cambiarla y ahora son sus mayores defensores.

Aquí os dejo el post de eligelavida sobre el tema:

La secretaria general nacional del Partido Popular, María Dolores de Cospedal, ha afirmado que en la polémica sobre la tramitación de la Ley de Salud Sexual y Reproductiva e Interrupción Voluntaria del Embarazo "el debate no es aborto sí o aborto no, porque ese debate ya se libró y ya se pactó" en la sociedad española, y el resultado fue una ley "que se llama de despenalización del aborto en determinados supuestos”.

Cuándo se libró ese debate, no lo sé. El Partido Popular dice que va a recurrir la nueva Ley del aborto ante el Tribunal Constitucional por "inaceptable e inmoral". Exactamente lo mismo que hizo Alianza Popular después de que fuera aprobada la ley de despenalización del aborto en 1985. Eso fue antes de que el PP, que se atreve de acusar de inmorales a otros, se convirtiera en su mayor defensor.

Y qué curioso que estas declaraciones tienen lugar al tiempo que 30 diputados y senadores del PP, que no pestañearon cuando su partido aprobó la Píldora abortiva, la Píldora postcoital o la selección embrionaria preimplntacional, confirman su participación en la manifestación del 17-O… contra el aborto (¿?).

Hace tres días, una conocida bloguera decía en su blog que había escuchado a Dolores de Cospedal, número dos del PP a nivel nacional, decir emocionada, sí a la vida. Pues una vez más, comprobamos que ese 'sí a la vida', es un "sí" obsceno y farisáico; A ese "sí", hay que restarle 120.000 niños por año.